6 nov 2010

103.5 FM.

Los pacientes dormían en el piso cinco del hospital. De vez en vez se escuchaba un llanto de bebé o los pasos lejanos de alguna enfermera. Ana trabajaba hacía veinte años en ese lugar: maternidad. Los turnos eran cansadores y si los bebés no daban problemas eran muy aburridos, pero esa noche había llevado el instrumento necesario para amenizar la madrugada: su pintura de uñas.

Ana tenía cuarenta y ocho años, madre soltera, trabajadora, poco agraciada y sencilla. Criada a la antigua y muy querida por todos, Anita era la encargada de encender la radio cada medianoche para escuchar cualquier cosa, la idea era darle un poco de vida a esa sala de paredes blancas y silencio impoluto. El dial escogido fue el 103.5 FM, una radio de adolescentes que la enfermera más joven propuso.

La madrugada avanzaba a paso lento y la música juvenil no era el fuerte de Ana. Decidió ir en busca de su pintura de uñas, era el panorama nocturno. Mientras comenzaba su ritual, el programa radial anunció los llamados del público: “desahogos, declaraciones, noticias, saludos, llame ya al 103.5”. Ana escuchaba sin interés los llamados, las declaraciones de amor de los jóvenes, los saludos a los compañeros de curso, los jóvenes aproblemados por sus conflictos de niños.

Ana ya había pintado todas las uñas de su mano izquierda cuando llama a la radio un joven de voz triste. El locutor le pregunta el nombre y le pide que cuente su problema: “Soy Julián, tengo dieciocho años y no sé qué hacer. Nadie lo sabe, no sé a quién contarle. Estoy muerto”.

- Pero, ¿qué sucede amigo? Pregunta el locutor.

- Soy homosexual y tengo sida – Se produce un silencio, el locutor no sabe cómo continuar la conversación – Lo que más me duele es contarle a mi madre, ella está esperando que este año salga del colegio para que entre a la Universidad, es su sueño. Tiene todas sus esperanzas puestas en mí. Ella ha trabajado toda su vida para que yo estudie, es enfermera, ya tiene cuarenta y ocho años y no podría comprender lo que me está pasando. ¿Con qué cara le cuento? Soy lo único que tiene.

El locutor comenzó a hablar pero Ana ya no escuchaba. La pintura de uñas cayó al suelo. Julián. Sida. Homosexual. No sabía cómo ordenar lo que había oído. No sabía si existía la forma de ordenarlo. Lo único que tenía claro era el relato de Julián, su hijo. Junto al desorden mental de Ana, la pintura de uñas comenzó a derramarse por el suelo mientras el dial, 103.5 FM, cortaba sus transmisiones. Julián. Sida. Homosexual. Ana rompió a llorar al mismo tiempo que un bebé de la sala contigua. Debía levantarse. Debía trabajar.

1 nov 2010

La pena.

Dan ganas de escribir y buscar las palabras mágicas.
Dan ganas de borrar y escribirlo todo nuevamente.
Dan ganas de amar olvidando lo pasado.
Dan ganas de llorar pero ya no hay ni llanto.

25 sept 2010

Última página.

Aunque tenga las manos arrugaditas como pasa, los ojos entrecerrados para poder ver mejor, la espalda algo curvada y el cabello blanco como la nata, no hay día que no me pegue una vueltecita por la Quinta Normal. Ahí conocí a mi viejito, que me dejó botaita, él ya se fue de esta vida. Ahí firme un pacto con el destino para nunca separarme del hombre que había conocido, ahí están los recuerdos de esos tiempos de oro, y ahí estará mi fantasmita cuando yo sea un puñado de polvo.

Pachamama.


Ahí estaba mirando los insectos, allá se la veía escuchando el correr del río. Allí por las mañanas cantaba con los pajaritos, allá por la noche se despedía de los búhos y los grillos. De vez en vez recorría toda la quebrada, pero lo más frecuente era verla en el claro tarde y mañana. Dice la historia que en ese claro hacía las veces de hogar, donde la arropaban los árboles de suaves hojas y la escuchaban los sabios troncos milenarios. Nadie jamás supo su nombre, nadie recuerda cuándo llegó ahí ni cuánto tiempo ha pasado desde que se le ve por los senderos de esa tierra que la acogió como si se tratase de una hermosa enredadera. Ella simplemente se entregó a la naturaleza, se hartó del ruido incesante presente en la civilización, prefirió alejarse del encierro que le producían esas calles y departamentos cuadrados, la rutina y el dinero manchado.
De niña fue libre y loca, desaparecía y volvía con la serenidad de una paloma. Su padre no se espantaba, creo que sabía con quién trataba. Él le traspasó las enseñanzas más valiosas que ya nadie recuerda practicar, él la llevaba a los bosques y las playas para que su niña comprendiera que los tesoros más bellos no eran los cofres con monedas de oro, sino la brisa marina y la humedad del bosque junto al crujir de las hojas secas. De niña fue libre y loca, de niña supo que se enamoraría de ese tesoro que su padre le había presentado. Siempre fueron los dos solamente, pero a ella la ausencia de su madre nunca le afectó, aunque los curiosos ahí vieran la razón de su alocado corazón. Común era ver por las calles del pueblo a estas dos almas que más parecían amigos que padre e hija, y común era escuchar a los vecinos cuchicheando que esa niñita al colegio no iba, "cuándo ese padre le enseñaría los deberes que ya estaba bueno que practicara esa chiquilla".
La chiquilla no supo del colegio, del himno nacional ni de oraciones, "qué desastre de niñita, tiene lo mismo de bonita que de ignorante". Ignorantes serían los que se llenaban la boca hablando mal de ella, porque esta muchachita mucho leía; gustaba de irse a la quebrada a leer los libros que su padre le ofrecía.
Cierto es que un día a éste lo agarró la edad, y con una sonrisa él dejó de respirar. Su hija no se sintió sumida en la soledad, sino que tomó todos los recuerdos y enseñanzas y con ellos se marchó a caminar. En estas andanzas fue que decidió alejarse de la ciudad, de nada le servía consumirse en una burbuja de contaminación acústica, ambiental y sentimental. Decidió volverse una hoja verde, un granito de tierra.
Se fue así sin más, sin pensar en lo que cualquier persona tomaría por imprescindible: la ropa, el abrigo, la comida, ¿artículos de aseo? ¿televisión? ¿y las noticias? ¿y qué hará por las noches, dónde dormirá? Y es que ella nada había de cuestionar, pues sabía que teniendo aire nada le iba a faltar.
Ya ha pasado bastante tiempo, la linda niña se volvió una linda anciana, ya los huesos le juegan muy malas pasadas, pero ella sigue cuidando la quebrada que tomó por hogar cuando era una muchacha. Cierto es que ya no la recorre completa ni trepa los cerros, pero sigue cantando junto a los pajaritos y escuchando el correr del río. Nadie comprende cómo alguien puede vivir en tamañas condiciones, pero quizás ella es una de las privilegiadas personas que experimenta exactamente lo contraio: ella vive, no sobrevive. Y quién sabe, muy probable es que pronto deje su liviano cuerpo para volverse una enredadera que cubra el camino que solía recorrer cuando pequeña.

12 sept 2010

Cartones y Soledad.

Cuando la vida pierde su sentido no hay nada más fácil que terminar con ella. Lo pensé varias veces pero nunca tuve el valor de hacerlo. ¡Qué ingenuo! Probablemente en esa época aún tenía alguna esperanza, un poco de fe y todas esas palabras bonitas dignas de una cita religiosa. Pero no, no tomé un cuchillo ni busqué una cuerda que quisiera acariciar mi cuello. En lugar de eso me fui de la casa, allí ya no se podía respirar. Cambié mi cama y el café caliente, mi familia y las duchas en las mañanas por cartones y un par de frazadas viejas. Le regalé mi vida a la soledad.
Sin duda no fue la mejor decisión que un viejo de cincuenta y siete años pudo haber tomado, pero eso es lo que pasa cuando uno se cansa de luchar y, para colmo, tiene el corazón enfermo. Enfermo de melancolía, negro de veneno, pidiendo a gritos el fin.
Recuerdo que el día de mi partida no pensé nada, sólo escuché a ese corazón que vomitaba desesperación y, sin tomar siquiera una prenda de vestir, me fui, arranqué sin voltearme a mirar por última vez mi hogar. ¡Hogar! ¿Existió alguna vez ese hogar? Quizás sí, un par de meses al comienzo, puede ser. Pero el hogar de la calle me ha hecho mucho más feliz, no sé si feliz, pero al menos estoy tranquilo, puedo respirar sin que me duela.
Siempre fui una persona sensible, esa debe ser la razón de mi fracaso. Me casé con la ilusión más grande del mundo, creo que esa mujer me enamoró. Y yo, perdido entre sus brazos, caí. Pero no entiendo, nunca me he podido explicar cómo una persona puede sufrir un cambio tan grande. A medida que iban naciendo mis hijos ella iba muriendo, ya no era mi esposa, era una mujer desconocida, fría e indiferente como ninguna. Me engañaba como condenada, y ni se sonrojaba al decírmelo. Ella me mató. Preparó la pócima más mortífera que bruja alguna podía realizar y me la daba en pequeñas dosis, cada una más letal que la anterior.
Y aquí me ven, ya estoy perdiendo la noción del tiempo, tengo una rodilla mala y ni un peso pa comprarme un vinito. Soy un vagabundo sucio y barbón, seguramente doy lástima. No sé si llevo cuatro o cinco años viviendo en la antigua estación de trenes, esa que también fue olvidada y ya nadie visita.
La soledad no es tan terrible, al menos no cuando se ha conocido algo peor. Es sólo que extraño a mis hijas, a mi madre. Pero el hecho de pensar en hacerles una visita me ahoga, son todos esos recuerdos que llevan al mismo camino, a ella, a la mujer que me mató en vida.
Entonces prefiero quedarme con la esquina de la panadería, donde espero que alguien me dé una monedita pa comprarme el vinito que me calienta el cuerpo. Prefiero quedarme con esta barba gris y desordenada. Prefiero quedarme con estos harapos viejos y sucios. Y prefiero ... prefiero morir aquí, en la estación, de hipotermia o de hambre, eso es lo de menos, pero aquí. Al menos la antigua estación de trenes es como yo: olvidada. Sólo quedan vestigios del lugar hermoso que fue, sólo queda su pintura descascarada, igual que mi rostro, el que cada día está más demacrado. Mi rostro, que ya no sonríe.

23 sept 2009

Memorias de un cicloadicto.



La vi por primera vez cuando era un niño, creo que no superaba los cuatro años. Nunca olvidaré esa primera impresión, los colores, el interés que provocó en mí desde el inicio, tanto así que no dejé de mirarla durante toda la noche. Fue amor a primera vista, descubrí que el mundo era mucho más que televisión y juguetes. Ahí estaba, resplandeciente, brillante, centelleante, deslumbrante como solo ella podía estarlo, ni mi mami se veía tan bonita. Lo único que quería era acercarme a ella y no soltarla jamás. ¿Cómo se llama? Le pregunté al tío Enrique. “Bicicleta, hijo, bicicleta”.
Desde esa navidad en la que le regalaron la bici a mi hermano lo único que pasaba por mi mente era tener una de esas. Me imaginaba pedaleando a altas velocidades, sorteando miles de barreras y haciendo de esas piruetas peligrosas que me llamaban tanto la atención.
Cuando crecí supe que sentir el viento en mi rostro mientras avanzaba en la bici era una de las mejores cosas que me podían pasar. Prácticamente olvidé caminar, lo único que hacía era pedalear. En mi época rebelde recuerdo que me gustaba irme de la casa cuando me enojaba por puras tonteras y ni me interesaba volver a la casa. Una noche la pasé a la intemperie y cónchale que hizo frío, pero ahí estaba yo bien acurrucado con mi bici, como si ésta me fuera a dar calor. Es por eso y tantas cosas que la recuerdo como el gran amor de mi vida, un amor ciertamente perfecto, mi media naranja, la luz de mi existencia.
Pero todos los amores tienen que sortear momentos difíciles, algo así como la prueba de fuego, y para mí esa prueba se dio a mis 27 años, cuando me casé con la Pepita. Tengo que admitir que dejé mi bicicletita de lado en esa época, pero es que estaba muy re enamorado, y me siento feliz de decir que aún lo estoy. Y ya cuando me casé, trabajé y formé mi familia, se incorporó de nuevo a mi vida, de una mala forma eso sí. Me di el medio costalazo, hasta me quebré por ahí. Yo lo tomé pa la risa, era como el castigo por haberla dejado botadita, por haberle sido infiel.
Hubo una época complicada, cuando mi sueldo no alcanzaba y la Pepita hacía malabares para tener la mesa bonita todos los días. Trabajaba y compartía con mi familia, pero siempre me hacía un tiempo para ver a mi amor de infancia y juventud. Agarraba la bici y creo haber recorrido la ciudad de pies a cabeza, lo que se volvía una válvula de escape a todos los problemas, congojas y penurias que entristecían mi vida, además de aportar un granito de arena a mi sociedad, ya que no contaminaba ni hacía ruido, entre tantas cosas. Vivir en San Antonio, un pueblito sin muchas entretenciones artificiales pero sí varias distracciones naturales, se volvía un punto positivo al momento de pedalear y pedalear. Pude conocer secretos de la ciudad que jamás pensé descubrir, y todo gracias a observar y reflexionar mientras las imágenes pasaban como un largometraje frente a mi. Es que cuando montaba este vehículo de dos ruedas olvidaba todo y me sentía el rey del mundo, o, caso contrario, aparecía en mi mente un álbum fotográfico que me mostraba láminas sobre mi vida: años de antaño junto a mis padres y hermanos, esas tardes de lluvia frente a la chimenea, mi madre leyendo cuentos a mis hermanos por las noches, tardes en el bosque, la niña que me gustó por primera vez, esa que no quiso ir a la fiesta del colegio conmigo.
Y aquí me vez, las cosas cambian, a veces más de lo que uno espera. Me siento tranquilo, tengo una sonrisa en mis labios y ojos, siento una plenitud que me llena por completo. Viví lo que tenía que vivir, amé todo lo que tenía que amar, sentí mucho en tan poco tiempo que tenemos en la vida. Tengo ochenta y tres años, paso la mayor parte del tiempo en mi cama, la salud me está pasando la cuenta y mi cuerpo parece no querer responder a ningún estímulo. A veces, milagrosamente, me levanto de esta cama, y lo primero que hago es arrancarme al patio de atrás, que tiene salida a la calle, y antes que me reten, me pongo a pedalear, despacito eso si, ya no puedo sentir tanto el viento en mi rostro, pero la sola sensación de poder pedalear me trae tantos recuerdos que mis ojos se limpian de adentro hacia afuera, y las lágrimas, que son de colores porque irradian felicidad, caen lentamente.
Si tuviera que pedir un deseo, a mi edad y después de haber querido a tantas personas, sería tiempo: para amar, para sonreír, y por qué no, para pedalear.

4 may 2009


Ayer me escondí debajo de una piedra
Una hormiga me contó sus secretos
Y un cienpiés me mostró sus dedos.

Yo sólo quería desaparecer un momento
Enjuiciar a la especie humana
Y verlo todo desde una perspectiva diferente.
Quizás un poco de tierra
Quizás un poco de humedad
Da lo mismo si me ensucio
La cosa es descansar.

Miraba la gente pasar
Los niños reír o llorar
Las señoras de ceño fruncido
Los señores de ojos caídos.

No lo podía creer
Era como un ejército ver
Sólo faltaba la música de marcha
Cada cuál sólo sus pasos notaba.

Y yo pertenezco a ellos
A ese mundo rutinario.

Decidí mirar a la hormiga
Que reía junto al cienpiés
¡Qué simple es su vida!
A este mundo quiero pertenecer
Y no preocuparme de cuentas
De horarios ni tonteras.

Ayer me escondí debajo de una piedra
Todos los días me esconderé al menos unos minutos
Conversaré con la hormiga y quizás cuántos insectos más
Será un evento excepcional.

Me gusta esconderme debajo de una piedra.
 

Azul de Junio © 2008. Chaotic Soul :: Converted by Randomness