Los pacientes dormían en el piso cinco del hospital. De vez en vez se escuchaba un llanto de bebé o los pasos lejanos de alguna enfermera. Ana trabajaba hacía veinte años en ese lugar: maternidad. Los turnos eran cansadores y si los bebés no daban problemas eran muy aburridos, pero esa noche había llevado el instrumento necesario para amenizar la madrugada: su pintura de uñas.
Ana tenía cuarenta y ocho años, madre soltera, trabajadora, poco agraciada y sencilla. Criada a la antigua y muy querida por todos, Anita era la encargada de encender la radio cada medianoche para escuchar cualquier cosa, la idea era darle un poco de vida a esa sala de paredes blancas y silencio impoluto. El dial escogido fue el 103.5 FM, una radio de adolescentes que la enfermera más joven propuso.
La madrugada avanzaba a paso lento y la música juvenil no era el fuerte de Ana. Decidió ir en busca de su pintura de uñas, era el panorama nocturno. Mientras comenzaba su ritual, el programa radial anunció los llamados del público: “desahogos, declaraciones, noticias, saludos, llame ya al
Ana ya había pintado todas las uñas de su mano izquierda cuando llama a la radio un joven de voz triste. El locutor le pregunta el nombre y le pide que cuente su problema: “Soy Julián, tengo dieciocho años y no sé qué hacer. Nadie lo sabe, no sé a quién contarle. Estoy muerto”.
- Pero, ¿qué sucede amigo? Pregunta el locutor.
- Soy homosexual y tengo sida – Se produce un silencio, el locutor no sabe cómo continuar la conversación – Lo que más me duele es contarle a mi madre, ella está esperando que este año salga del colegio para que entre a la Universidad, es su sueño. Tiene todas sus esperanzas puestas en mí. Ella ha trabajado toda su vida para que yo estudie, es enfermera, ya tiene cuarenta y ocho años y no podría comprender lo que me está pasando. ¿Con qué cara le cuento? Soy lo único que tiene.
El locutor comenzó a hablar pero Ana ya no escuchaba. La pintura de uñas cayó al suelo. Julián. Sida. Homosexual. No sabía cómo ordenar lo que había oído. No sabía si existía la forma de ordenarlo. Lo único que tenía claro era el relato de Julián, su hijo. Junto al desorden mental de Ana, la pintura de uñas comenzó a derramarse por el suelo mientras el dial, 103.5 FM, cortaba sus transmisiones. Julián. Sida. Homosexual. Ana rompió a llorar al mismo tiempo que un bebé de la sala contigua. Debía levantarse. Debía trabajar.

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