25 sept 2010

Última página.

Aunque tenga las manos arrugaditas como pasa, los ojos entrecerrados para poder ver mejor, la espalda algo curvada y el cabello blanco como la nata, no hay día que no me pegue una vueltecita por la Quinta Normal. Ahí conocí a mi viejito, que me dejó botaita, él ya se fue de esta vida. Ahí firme un pacto con el destino para nunca separarme del hombre que había conocido, ahí están los recuerdos de esos tiempos de oro, y ahí estará mi fantasmita cuando yo sea un puñado de polvo.

Pachamama.


Ahí estaba mirando los insectos, allá se la veía escuchando el correr del río. Allí por las mañanas cantaba con los pajaritos, allá por la noche se despedía de los búhos y los grillos. De vez en vez recorría toda la quebrada, pero lo más frecuente era verla en el claro tarde y mañana. Dice la historia que en ese claro hacía las veces de hogar, donde la arropaban los árboles de suaves hojas y la escuchaban los sabios troncos milenarios. Nadie jamás supo su nombre, nadie recuerda cuándo llegó ahí ni cuánto tiempo ha pasado desde que se le ve por los senderos de esa tierra que la acogió como si se tratase de una hermosa enredadera. Ella simplemente se entregó a la naturaleza, se hartó del ruido incesante presente en la civilización, prefirió alejarse del encierro que le producían esas calles y departamentos cuadrados, la rutina y el dinero manchado.
De niña fue libre y loca, desaparecía y volvía con la serenidad de una paloma. Su padre no se espantaba, creo que sabía con quién trataba. Él le traspasó las enseñanzas más valiosas que ya nadie recuerda practicar, él la llevaba a los bosques y las playas para que su niña comprendiera que los tesoros más bellos no eran los cofres con monedas de oro, sino la brisa marina y la humedad del bosque junto al crujir de las hojas secas. De niña fue libre y loca, de niña supo que se enamoraría de ese tesoro que su padre le había presentado. Siempre fueron los dos solamente, pero a ella la ausencia de su madre nunca le afectó, aunque los curiosos ahí vieran la razón de su alocado corazón. Común era ver por las calles del pueblo a estas dos almas que más parecían amigos que padre e hija, y común era escuchar a los vecinos cuchicheando que esa niñita al colegio no iba, "cuándo ese padre le enseñaría los deberes que ya estaba bueno que practicara esa chiquilla".
La chiquilla no supo del colegio, del himno nacional ni de oraciones, "qué desastre de niñita, tiene lo mismo de bonita que de ignorante". Ignorantes serían los que se llenaban la boca hablando mal de ella, porque esta muchachita mucho leía; gustaba de irse a la quebrada a leer los libros que su padre le ofrecía.
Cierto es que un día a éste lo agarró la edad, y con una sonrisa él dejó de respirar. Su hija no se sintió sumida en la soledad, sino que tomó todos los recuerdos y enseñanzas y con ellos se marchó a caminar. En estas andanzas fue que decidió alejarse de la ciudad, de nada le servía consumirse en una burbuja de contaminación acústica, ambiental y sentimental. Decidió volverse una hoja verde, un granito de tierra.
Se fue así sin más, sin pensar en lo que cualquier persona tomaría por imprescindible: la ropa, el abrigo, la comida, ¿artículos de aseo? ¿televisión? ¿y las noticias? ¿y qué hará por las noches, dónde dormirá? Y es que ella nada había de cuestionar, pues sabía que teniendo aire nada le iba a faltar.
Ya ha pasado bastante tiempo, la linda niña se volvió una linda anciana, ya los huesos le juegan muy malas pasadas, pero ella sigue cuidando la quebrada que tomó por hogar cuando era una muchacha. Cierto es que ya no la recorre completa ni trepa los cerros, pero sigue cantando junto a los pajaritos y escuchando el correr del río. Nadie comprende cómo alguien puede vivir en tamañas condiciones, pero quizás ella es una de las privilegiadas personas que experimenta exactamente lo contraio: ella vive, no sobrevive. Y quién sabe, muy probable es que pronto deje su liviano cuerpo para volverse una enredadera que cubra el camino que solía recorrer cuando pequeña.

12 sept 2010

Cartones y Soledad.

Cuando la vida pierde su sentido no hay nada más fácil que terminar con ella. Lo pensé varias veces pero nunca tuve el valor de hacerlo. ¡Qué ingenuo! Probablemente en esa época aún tenía alguna esperanza, un poco de fe y todas esas palabras bonitas dignas de una cita religiosa. Pero no, no tomé un cuchillo ni busqué una cuerda que quisiera acariciar mi cuello. En lugar de eso me fui de la casa, allí ya no se podía respirar. Cambié mi cama y el café caliente, mi familia y las duchas en las mañanas por cartones y un par de frazadas viejas. Le regalé mi vida a la soledad.
Sin duda no fue la mejor decisión que un viejo de cincuenta y siete años pudo haber tomado, pero eso es lo que pasa cuando uno se cansa de luchar y, para colmo, tiene el corazón enfermo. Enfermo de melancolía, negro de veneno, pidiendo a gritos el fin.
Recuerdo que el día de mi partida no pensé nada, sólo escuché a ese corazón que vomitaba desesperación y, sin tomar siquiera una prenda de vestir, me fui, arranqué sin voltearme a mirar por última vez mi hogar. ¡Hogar! ¿Existió alguna vez ese hogar? Quizás sí, un par de meses al comienzo, puede ser. Pero el hogar de la calle me ha hecho mucho más feliz, no sé si feliz, pero al menos estoy tranquilo, puedo respirar sin que me duela.
Siempre fui una persona sensible, esa debe ser la razón de mi fracaso. Me casé con la ilusión más grande del mundo, creo que esa mujer me enamoró. Y yo, perdido entre sus brazos, caí. Pero no entiendo, nunca me he podido explicar cómo una persona puede sufrir un cambio tan grande. A medida que iban naciendo mis hijos ella iba muriendo, ya no era mi esposa, era una mujer desconocida, fría e indiferente como ninguna. Me engañaba como condenada, y ni se sonrojaba al decírmelo. Ella me mató. Preparó la pócima más mortífera que bruja alguna podía realizar y me la daba en pequeñas dosis, cada una más letal que la anterior.
Y aquí me ven, ya estoy perdiendo la noción del tiempo, tengo una rodilla mala y ni un peso pa comprarme un vinito. Soy un vagabundo sucio y barbón, seguramente doy lástima. No sé si llevo cuatro o cinco años viviendo en la antigua estación de trenes, esa que también fue olvidada y ya nadie visita.
La soledad no es tan terrible, al menos no cuando se ha conocido algo peor. Es sólo que extraño a mis hijas, a mi madre. Pero el hecho de pensar en hacerles una visita me ahoga, son todos esos recuerdos que llevan al mismo camino, a ella, a la mujer que me mató en vida.
Entonces prefiero quedarme con la esquina de la panadería, donde espero que alguien me dé una monedita pa comprarme el vinito que me calienta el cuerpo. Prefiero quedarme con esta barba gris y desordenada. Prefiero quedarme con estos harapos viejos y sucios. Y prefiero ... prefiero morir aquí, en la estación, de hipotermia o de hambre, eso es lo de menos, pero aquí. Al menos la antigua estación de trenes es como yo: olvidada. Sólo quedan vestigios del lugar hermoso que fue, sólo queda su pintura descascarada, igual que mi rostro, el que cada día está más demacrado. Mi rostro, que ya no sonríe.
 

Azul de Junio © 2008. Chaotic Soul :: Converted by Randomness