
7 nov 2010

6 nov 2010
103.5 FM.
Los pacientes dormían en el piso cinco del hospital. De vez en vez se escuchaba un llanto de bebé o los pasos lejanos de alguna enfermera. Ana trabajaba hacía veinte años en ese lugar: maternidad. Los turnos eran cansadores y si los bebés no daban problemas eran muy aburridos, pero esa noche había llevado el instrumento necesario para amenizar la madrugada: su pintura de uñas.
Ana tenía cuarenta y ocho años, madre soltera, trabajadora, poco agraciada y sencilla. Criada a la antigua y muy querida por todos, Anita era la encargada de encender la radio cada medianoche para escuchar cualquier cosa, la idea era darle un poco de vida a esa sala de paredes blancas y silencio impoluto. El dial escogido fue el 103.5 FM, una radio de adolescentes que la enfermera más joven propuso.
La madrugada avanzaba a paso lento y la música juvenil no era el fuerte de Ana. Decidió ir en busca de su pintura de uñas, era el panorama nocturno. Mientras comenzaba su ritual, el programa radial anunció los llamados del público: “desahogos, declaraciones, noticias, saludos, llame ya al
Ana ya había pintado todas las uñas de su mano izquierda cuando llama a la radio un joven de voz triste. El locutor le pregunta el nombre y le pide que cuente su problema: “Soy Julián, tengo dieciocho años y no sé qué hacer. Nadie lo sabe, no sé a quién contarle. Estoy muerto”.
- Pero, ¿qué sucede amigo? Pregunta el locutor.
- Soy homosexual y tengo sida – Se produce un silencio, el locutor no sabe cómo continuar la conversación – Lo que más me duele es contarle a mi madre, ella está esperando que este año salga del colegio para que entre a la Universidad, es su sueño. Tiene todas sus esperanzas puestas en mí. Ella ha trabajado toda su vida para que yo estudie, es enfermera, ya tiene cuarenta y ocho años y no podría comprender lo que me está pasando. ¿Con qué cara le cuento? Soy lo único que tiene.
El locutor comenzó a hablar pero Ana ya no escuchaba. La pintura de uñas cayó al suelo. Julián. Sida. Homosexual. No sabía cómo ordenar lo que había oído. No sabía si existía la forma de ordenarlo. Lo único que tenía claro era el relato de Julián, su hijo. Junto al desorden mental de Ana, la pintura de uñas comenzó a derramarse por el suelo mientras el dial, 103.5 FM, cortaba sus transmisiones. Julián. Sida. Homosexual. Ana rompió a llorar al mismo tiempo que un bebé de la sala contigua. Debía levantarse. Debía trabajar.
1 nov 2010
La pena.
25 sept 2010
Última página.
Pachamama.

12 sept 2010
Cartones y Soledad.
Sin duda no fue la mejor decisión que un viejo de cincuenta y siete años pudo haber tomado, pero eso es lo que pasa cuando uno se cansa de luchar y, para colmo, tiene el corazón enfermo. Enfermo de melancolía, negro de veneno, pidiendo a gritos el fin.
Recuerdo que el día de mi partida no pensé nada, sólo escuché a ese corazón que vomitaba desesperación y, sin tomar siquiera una prenda de vestir, me fui, arranqué sin voltearme a mirar por última vez mi hogar. ¡Hogar! ¿Existió alguna vez ese hogar? Quizás sí, un par de meses al comienzo, puede ser. Pero el hogar de la calle me ha hecho mucho más feliz, no sé si feliz, pero al menos estoy tranquilo, puedo respirar sin que me duela.
Siempre fui una persona sensible, esa debe ser la razón de mi fracaso. Me casé con la ilusión más grande del mundo, creo que esa mujer me enamoró. Y yo, perdido entre sus brazos, caí. Pero no entiendo, nunca me he podido explicar cómo una persona puede sufrir un cambio tan grande. A medida que iban naciendo mis hijos ella iba muriendo, ya no era mi esposa, era una mujer desconocida, fría e indiferente como ninguna. Me engañaba como condenada, y ni se sonrojaba al decírmelo. Ella me mató. Preparó la pócima más mortífera que bruja alguna podía realizar y me la daba en pequeñas dosis, cada una más letal que la anterior.
Y aquí me ven, ya estoy perdiendo la noción del tiempo, tengo una rodilla mala y ni un peso pa comprarme un vinito. Soy un vagabundo sucio y barbón, seguramente doy lástima. No sé si llevo cuatro o cinco años viviendo en la antigua estación de trenes, esa que también fue olvidada y ya nadie visita.
La soledad no es tan terrible, al menos no cuando se ha conocido algo peor. Es sólo que extraño a mis hijas, a mi madre. Pero el hecho de pensar en hacerles una visita me ahoga, son todos esos recuerdos que llevan al mismo camino, a ella, a la mujer que me mató en vida.
Entonces prefiero quedarme con la esquina de la panadería, donde espero que alguien me dé una monedita pa comprarme el vinito que me calienta el cuerpo. Prefiero quedarme con esta barba gris y desordenada. Prefiero quedarme con estos harapos viejos y sucios. Y prefiero ... prefiero morir aquí, en la estación, de hipotermia o de hambre, eso es lo de menos, pero aquí. Al menos la antigua estación de trenes es como yo: olvidada. Sólo quedan vestigios del lugar hermoso que fue, sólo queda su pintura descascarada, igual que mi rostro, el que cada día está más demacrado. Mi rostro, que ya no sonríe.
