12 sept 2010

Cartones y Soledad.

Cuando la vida pierde su sentido no hay nada más fácil que terminar con ella. Lo pensé varias veces pero nunca tuve el valor de hacerlo. ¡Qué ingenuo! Probablemente en esa época aún tenía alguna esperanza, un poco de fe y todas esas palabras bonitas dignas de una cita religiosa. Pero no, no tomé un cuchillo ni busqué una cuerda que quisiera acariciar mi cuello. En lugar de eso me fui de la casa, allí ya no se podía respirar. Cambié mi cama y el café caliente, mi familia y las duchas en las mañanas por cartones y un par de frazadas viejas. Le regalé mi vida a la soledad.
Sin duda no fue la mejor decisión que un viejo de cincuenta y siete años pudo haber tomado, pero eso es lo que pasa cuando uno se cansa de luchar y, para colmo, tiene el corazón enfermo. Enfermo de melancolía, negro de veneno, pidiendo a gritos el fin.
Recuerdo que el día de mi partida no pensé nada, sólo escuché a ese corazón que vomitaba desesperación y, sin tomar siquiera una prenda de vestir, me fui, arranqué sin voltearme a mirar por última vez mi hogar. ¡Hogar! ¿Existió alguna vez ese hogar? Quizás sí, un par de meses al comienzo, puede ser. Pero el hogar de la calle me ha hecho mucho más feliz, no sé si feliz, pero al menos estoy tranquilo, puedo respirar sin que me duela.
Siempre fui una persona sensible, esa debe ser la razón de mi fracaso. Me casé con la ilusión más grande del mundo, creo que esa mujer me enamoró. Y yo, perdido entre sus brazos, caí. Pero no entiendo, nunca me he podido explicar cómo una persona puede sufrir un cambio tan grande. A medida que iban naciendo mis hijos ella iba muriendo, ya no era mi esposa, era una mujer desconocida, fría e indiferente como ninguna. Me engañaba como condenada, y ni se sonrojaba al decírmelo. Ella me mató. Preparó la pócima más mortífera que bruja alguna podía realizar y me la daba en pequeñas dosis, cada una más letal que la anterior.
Y aquí me ven, ya estoy perdiendo la noción del tiempo, tengo una rodilla mala y ni un peso pa comprarme un vinito. Soy un vagabundo sucio y barbón, seguramente doy lástima. No sé si llevo cuatro o cinco años viviendo en la antigua estación de trenes, esa que también fue olvidada y ya nadie visita.
La soledad no es tan terrible, al menos no cuando se ha conocido algo peor. Es sólo que extraño a mis hijas, a mi madre. Pero el hecho de pensar en hacerles una visita me ahoga, son todos esos recuerdos que llevan al mismo camino, a ella, a la mujer que me mató en vida.
Entonces prefiero quedarme con la esquina de la panadería, donde espero que alguien me dé una monedita pa comprarme el vinito que me calienta el cuerpo. Prefiero quedarme con esta barba gris y desordenada. Prefiero quedarme con estos harapos viejos y sucios. Y prefiero ... prefiero morir aquí, en la estación, de hipotermia o de hambre, eso es lo de menos, pero aquí. Al menos la antigua estación de trenes es como yo: olvidada. Sólo quedan vestigios del lugar hermoso que fue, sólo queda su pintura descascarada, igual que mi rostro, el que cada día está más demacrado. Mi rostro, que ya no sonríe.

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