Sin ruidos, sin micros, sin gente, sin humo, sin malas vibras, dejando de lado esa idea tan generalizada pero muchas veces verdadera visión negativa de la capital del gran Santiago.
Llegando el otoño, caen lentamente las primeras hojas, en un suave acto de despedida. Adiós al verano, al calor, a esas infernales tardes sin hacer nada porque el sol te lo impide. Y bienvenido el otoño, bienvenido el invierno. Tímidas hojas secas empiezan a aparecer, las más osadas, las que se atreven a caer primero. Para después dejamos a las mas cobardes, esas que caen en pandilla, aquellas que se agrupan a la orilla del camino, las que pisamos y hacen ruido.
Solitarias callecitas, ni los autos perturban tu paz. Los árboles le dan un respiro a la ciudad, que cosa más bella es observarlos conversar. Verlos mecerse tranquilamente, escuchar su movimiento, sus ramas gruñendo, sus hojas cayendo.
Un farol que alumbra de noche, luz tenue que provoca miles de emociones. Rincón adecuado para cobijar a los románticos, para amar sin reparos. Un árbol tachado con promesas de amor, el ambiente limpio de odios y rencor.
Santiago no siempre es el personaje malo de la película, muchas veces puede tener un vuelco, búscalo.

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